Aún en tres de los estados más castigados por la violencia del crimen organizado como son Chihuahua, Tamaulipas y Sinaloa, este domingo 4 de julio se realizaron elecciones con normalidad, pacíficas y legales. En 14 entidades del país miles de ciudadanos participaron como funcionarios electorales y representantes de partidos. Ellos colocaron urnas y mamparas, firmaron boletas, iniciaron actas de instalación y en locales abiertos empezaron con relativa puntualidad la recepción de votos. Prácticamente la totalidad de las casillas se instalaron. Los ciudadanos acudieron a sufragar de manera libre y en algunos lugares en forma copiosa al grado de formar largas colas. Al final, los votos se contaron y la sumatoria de ellos fue anotada en las actas y en las “sábanas” de resultados. Los presidentes de casillas trasladaron los paquetes electorales a los comités distritales y municipales, de donde los resultados se transmitieron al PREP respectivo. En toda esta jornada los incidentes fueron menores y no se registraron actos de violencia mayor. Los mexicanos de esos 14 estados desmintieron a los agoreros del desastre –incluidos no pocos comunicadores y medios de información-- que otra vez presagiaban la imposibilidad de que hubiera elecciones normales y democráticas en un país inviable y sumido en la violencia, como es el país no sólo que proyectan dentro y fuera de nuestras fronteras sino, pareciera, el país que quisieran tener.
Hace 10 años, el 2 de julio del año 2000, los mexicanos ganamos. Dimos un paso histórico al derrumbar electoralmente al viejo régimen con la victoria presidencial de Vicente Fox. Fue el principio de la alternancia. Atrás quedaron décadas de autoritarismo y farsas electorales. Desde entonces, nuestra incipiente transición a la democracia se ha visto sometida a pruebas severas, algunas frutos naturales de un proceso de maduración y consolidación, otras hijas de la irresponsabilidad y la locura. La del domingo pasado fue una más, trascendente. Se demostró no solamente que hemos sobre salvado nuestra posibilidad de elegir a nuestros gobernantes en paz y con orden, sino –más importante— que queremos hacerlo. Independientemente de los resultados de esa jornada –materia por supuesto para ricos análisis, evaluaciones y proyecciones-- hoy podemos decir otra vez que los mexicanos ganamos. Aunque a algunos les pese. Válgame.