Desde que allá a principios de los setentas dos reporteros del Washington Post investigaron y publicaron la intrincada historia del caso Watergate, que culminó entre el escándalo con la renuncia del presidente Richard Nixon el 9 de agosto de 1974, los periodistas mexicanos enfermamos de envidia. Unos más y otros menos, todos nos sentimos émulos de los legendarios Carl Bernstein y Bob Woodward y quisimos alcanzar como ellos la gloria de derrocar a un presidente a base de periodicazos basados en una profunda investigación periodística.
La verdad es que nunca, ninguno de los tenochcas de la tecla que lo hemos intentado, hemos logrado siquiera acercarnos a tal hazaña. Por más que alguno se pavonee de que su trabajo trajo como consecuencia el advenimiento de la democracia en nuestro país o proeza por el estilo. No hemos logrado tumbar ni siquiera a un presidente municipal y el único secretario de estado que ha caído al descubrirse “la terrible verdad” ha sido el pobre Pinocho Alzate, pero no por corrupto ni conspirador, sino por mentiroso: el “doctor” no tenía siquiera el título de licenciado.
A golpes de frustraciones caímos irremediablemente en el síndrome. Y entonces cualquier intento de “investigar la realidad oculta de nuestro país” nos llevaba a la exageración de creernos, aunque fuera por un ratito, el Bernstein o el Woodward de Bucareli, o los dos juntos. Así inventamos una manera de consuelo para creernos capaces de, algún día, embarrar a todos los hombres del presidente, y al presidente mismo, en una historia de corrupción e influyentismo. Y afloró entonces nuestro complejo. Surgió el toallagate, primero, aunque no haya sido necesario un “Deep Throat” (garganta profunda) alguno para indicarnos cómo entrar a la página de adquisiciones de la Presidencia de la República y descubrir el horror: ¡toallas de cinco mil pesos para Fox!
Por supuesto, “el escándalo La Josefina”, que sí secan desde nuevas –como también pudo llamarse--, no pasó de poner en entredicho al encargado de las compras presidenciales, que tuvo que renunciar. Una nueva frustración fue el Pemexgate, en el que sí había mucho mar de fondo, pero que no logró siquiera llevar a la cárcel a sus protagonistas. Siguió el de “Amigos de Fox”, que sólo provocó el odio de Lino Korrodi hacia su examigo y exjefe, pero que condujo a final de cuentas a otra cruel frustración. Como en secuencia pasaron el Tabascogate, el bejaranogate, el colchongate, el complógate, el Bribiescagate, el Martagate. Y así podríamos mencionar otros muchos intentos de los periodistas mexicanos por trascender y lograr escribir una historia digna de ser llevada a las páginas de un bestseller y a las pantallas de cine del mundo entero. Hasta llegar a los esfuerzos recientes, cuando nos conformamos con el Hummergate o el jeeprojogate de Vicente Fox y ni siquiera eso nos resulta, se nos desvanece en las manos y acaba en la nada cuando con una aclaración del Estado Mayor y una factura se desenreda el supuesto enredo. A lo mejor en vez de soñar en los créditos estelares de All the President's Men y perdernos en especulaciones, conjuras imaginarias, suposiciones, sospechas y elucubraciones, lo que debemos hacer es ponernos a investigar. Como Bernstein y Woodward. Válgame. ofrancisco6@aol.com