Dos semanas llevamos discutiendo si el Secretario de Gobernación firmó o no contratos como funcionario público y al mismo tiempo apoderado legal de una empresa personal. El mismo Secretario Juan Camilo Mouriño ha entregado a la Procuraduría General de la República, así como a los coordinadores de los grupos parlamentarios representados en el Congreso de la Unión un expediente que contiene los documentos que acreditan la legalidad de sus actos.
La información sobre los contratos es pública y cualquier persona puede tenerla. Lo que me parece que subyace en el fondo del debate son dos temas de los que no nos podemos desprender en México a pesar del avance democrático que evidentemente hemos tenido. En primer lugar el falso nacionalismo que profesamos en México. La historia nos ha enseñado que no se pierde la identidad ni el territorio si sabemos aprovechar nuestros recursos y aceptar que los demás nos compartan los suyos. Mexicanos destacados por su trabajo ya se encuentran presentes en los foros de economía, empresas y universidades del mundo entero. La empresa Bimbo, los tacos del Tizoncito y otras marcas mexicanas ya operan en china. La globalización facilita el influjo de capitales y tecnología a los países en desarrollo y también les da una oportunidad de expandir sus mercados. Irlanda, Polonia o España son ejemplos de que en poco tiempo se puede salir adelante con voluntad. Eso es lo que no tienen los perredistas como López Obrador que al no tener propuesta seria y consistente, están urgidos de espacios mediáticos que le permitan mantener su vigencia.
Este año podría ser definitorio si México saca adelante una reforma legal que le permita con mayor capacidad abrir las inversiones a capitales que no sean los propios. Aunque no lo crean hay mexicanos dentro y fuera de nuestro país con los recursos y el conocimiento suficiente para poder participar en alguna de las partes del proceso de gestión de los energéticos. Mexicanos con empresas refinadoras en Estados Unidos que están esperando poder traerse sus plantas a México, pero que por una cuestión eminentemente legal no lo pueden hacer. Nadie ha mencionado hasta el momento que PEMEX se intente vender, pero el discurso sobre la “supuesta intención” sigue presente. Negarse a la privatización de PEMEX fue el tema central del discurso de Beatriz Paredes presidenta del PRI durante el evento donde festejó el setenta aniversario de su partido. No puede ser que una mujer como ella, que ha sido gobernadora, diputada federal, Senadora y ahora Presidenta del PRI, siga con un discurso tan mediocre como ese. Lo que el gobierno federal está reconociendo, como también lo han hecho otros priístas como Francisco Labastida, es que mientras PEMEX no tenga autonomía financiera total y la mayor parte de sus utilidades se vayan a inversión pública, se requiere capital fresco que construya plantas de refinación para que no tengamos que comprarle la gasolina que se hace con nuestro petróleo a los Estado Unidos.
El otro tema pendiente es el del odio. Esa discusión sobre los pobres y los ricos que ha alimentado López Obrador desde los tiempos en que usaba porros y golpeadores para cerrar pozos petroleros en Tabasco. En aquellos tiempos, era el propio Manuel Camacho Solís, a través de su Secretario de Gobierno Marcelo Ebrard, el que le alimentaba sus discursos y fobias, por eso hoy siguen siendo comparsa. México ha transitado de forma muy lenta a mejores condiciones de libertad y es cierto, la pobreza, la marginación y la ignorancia son deudas que los gobiernos mexicanos han ido acumulando. La mitad de la población todavía vive en condiciones de pobreza y los ricos de este país viven en condiciones de ostentación lamentables. A muchos les da gusto salir a lucir sus joyas, autos y casas. Y si a eso le agregas un discurso de injusticia, odio y explotación es el mejor caldo de cultivo de una rebelión. Nuestro país debe trabajar para que la riqueza sea repartida con mayor equidad, que los bancos no se sigan aprovechando de la pobreza, que los patrones paguen mejor a sus trabajadores... Nunca aprovecharnos de la circunstancia que se vive para generar odio. Ese es el discurso de López Obrador cuando pretende demostrar que el bienestar de una persona por definición proviene de fuentes ilícitas.
México tiene gente próspera y no tiene nadie porque ser un “jodido” para tener un cargo público, o esconder junto con su silencio cómplice, como era la tradición priísta, lo que se robaron como condición para no ser castigado. México tiene que cambiar, y los mexicanos también.