Los procesos de sucesión partidista, aunque no han concluido, han fracasado. El fracaso no tiene iniciales de exclusividad, ni logotipo que lo privatice. El fracaso no es exclusivo ni excluyente. La situación no es menor, porque si la vía para alcanzar el poder en nuestro país son los partidos y estos no pueden con el paquete, algo está mal. Por lo pronto en la ciudad la política ha fracasado, y yo creo que es, en buena medida, porque no hay política.
El PRI no pudo elegir por la vía democrática a sus candidatos, ni lo intentó. Impedido por naturaleza a elaborar procesos limpios, transparentes, democráticos, a algunos de sus precandidatos los excluyó del proceso con argucias legales y a otros los acomodó en distintas posiciones para dar paso a compromisos de grupo o acuerdos privados. Eso sí, no ha sido hasta el momento tan evidente el enfrentamiento porque buena parte de sus estructuras internas han cambiado de franquicia. Otra razón es la famosa disciplina interna, parte de su educación política que les enseña a bajar la cabeza ante el jefe y seguir esperando “los tiempos mejores”. Pero entre las ruinas y escombros de su añorado pasado imperial, se siguen levantando algunos cadáveres que claman “democracia” a pesar de que el concepto esté vedado de su diccionario. En esa lucha, los que ya ganaron sin ningún esfuerzo fueron los “Dino-Juniors” que se acomodaron en los mejores lugares de las listas al congreso, con el patrocinio de sus padres, suegros, tíos o padrinos políticos.
El PRD está totalmente fracturado. Algunos líderes provenientes de diversos grupos internos se han tenido que aliar para exigir justicia ante la embestida que sufrieron por grupos más poderosos o por el propio Gobierno Central. Y no es sólo porque perdieron, “el derecho al pataleo es sagrado”, sino por las prácticas corruptas con que unos y otros se enfrentaron. Cualquiera que hubiese sido el resultado, su proceso estaba condenado a fracasar. Algunos ya acudieron a las impugnaciones y denuncias; otros han buscado colgarse de algún candidato ganador que pueda salpicarles algo si llega a colarse. Hoy además, tendrán que luchar para enfrentar a la justicia varios dirigentes y candidatos cuyo pasado y presente es indefendible ante los ciudadanos.
En el PAN también hay impugnaciones. Algunos dicen que por falta de capacidad en la conducción del proceso. Es cierto, pero creo que en la balanza pesa más la falta de intención, de voluntad. Eso es lo que está provocando las fracturas. Porque de haber intención, la voluntad puede sobreponerse a las privaciones a que la naturaleza nos ha condenado. La falta de intención para construir candidaturas, generar liderazgos y propiciar el crecimiento de la militancia, está fracturando la menguada estructura. La dirigencia del PAN local no quiso aprovechar la coyuntura política de la ciudad ante el descrédito de López Obrador y sus huestes. A lo que apostó fue a “ganar” todas las posiciones y construir en esa coyuntura un triunfo en solitario. No es ilegal, pero no es un tema de legalidad, sino de política y sentido común.
“Haiga sido como haiga sido”, la lucha por el poder interno ha dejado de lado los verdaderos intereses de la ciudad, nada fácil de conciliar, difícil de resolver. No es para espantarse, pero la solución para que avance la ciudad, mientras la política sigue su curso, son las instituciones. La lucha por el poder, dentro y fuera de los partidos no es nueva y no va a terminar. No podemos espantarnos ni condenar la actividad política, con sus defectos y virtudes: “estamos como estamos, porque somos como somos”. Pero existen algunos temas donde debemos involucrar más a los ciudadanos para que no se conviertan en franquicias políticas. El martes 31 los legisladores aprobamos en la Asamblea Legislativa la reelección del presidente del InfoDF por un plazo de tres años. A pesar de la importancia de cargo, estoy convencido de que la mayoría de la población no está informada del tema.
Y mientras eso transcurre, ya casi están cocinadas las listas de cada partido rumbo a los comicios. De nueva cuenta se abre la oportunidad, como cada tres años, de explorar opciones y proponer nuevas formas para que la democracia funcione, exista mayor certeza para los interesados, y la política sea una opción factible para que ciudadanos con buenos principios y mejores intenciones participen en esta noble actividad.