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Secuestro: Medidas extraordinarias
 
Jorge Carlos Díaz Cuervo*  
   

El lamentable secuestro del joven Martí y su atroz asesinato, nos hizo tomar conciencia de la angustiosa fragilidad en la que vivimos en la Ciudad de México.  Casi todos conocemos a alguna persona que haya sufrido la pesadilla de un secuestro; actividad delictiva que hace años dejó de ser dolor de cabeza de los privilegiados, para convertirse en un cáncer que invadió a la sociedad entera.

 

Comunicadores y analistas, rebosantes de coraje e indignación, han puesto sobre la mesa propuestas de legislación en materias como la pena de muerte, la cadena perpetua y la portación legal de armas de fuego.  En el fondo, lo que todos hemos escuchado y leído, es un grito de desesperación: ¡Algo se tiene que hacer para acabar con los secuestros!

 

Lamentablemente, la clase política y la gobernante se han quedado pasmadas ante un brote de indignación pocas veces visto en México.  Cual espectadores de una espeluznante obra de terror, los responsables de nuestra seguridad sudan frío, enmudecen y, pensando que no los observamos, cierran los ojos.  Sobre todo cuando se hace público que duermen con el enemigo; cuando se hace evidente que los asesinos, secuestradores y beneficiarios de los millonarios rescates que personas inocentes pagan por recuperar a sus seres queridos, están junto a ellos, entre ellos.

 

Es momento de valorar medidas extraordinarias para combatir el secuestro en México.  En lo personal no creo en la pena de muerte, ni en la portación de armas.  Lo primero ha probado ser una medida ineficiente para combatir la criminalidad y, en un país cuyo sistema de procuración de justicia es endeble, puede propiciar asesinatos de Estado.  Lo segundo, implica reconocer el fracaso del Estado para cumplir su función primordial, cuidar la seguridad de su ciudadanía, trasladando esa responsabilidad a cada uno de nosotros; se trataría de una involución histórica. 

 

Sin embargo, existen otras alternativas que es momento de poner sobre la mesa.  Medidas legales extremas que han probado ser eficaces en otras latitudes.  Me refiero, por ejemplo, al congelamiento de bienes cuando una persona enfrenta el secuestro de algún familiar, y a prohibir que bancos e instituciones financieras entregan cantidades importantes de dinero en efectivo a sus clientes sin verificar acuciosamente su justificación.  También a que se considere delito, conocer de un secuestro y no denunciarlo, pagar rescates, la comercialización de seguros anti-secuestro, y/o que personas participen como mediadores o negociadores en un rescate.

 

Son medidas extraordinarias que en países como Italia probaron ser eficaces para combatir al crimen organizado.  Lo han sido porque parten de un principio: el secuestro es un negocio.  En la medida en que ese negocio se termina, es que se puede pensar en su erradicación.

 

No será sencillo tomar este tipo de decisiones.  Primero,  porque existen cientos de personas secuestradas en estos momentos y prohibir el pago de sus rescates puede condenarlos a morir.  Segundo, porque el crimen organizado tomará represalias. 

 

Se requiere pues una decisión de Estado, voluntad política, y un pacto social que asuma costos de corto plazo a cambio de un futuro para las generaciones que nos siguen.

 

 

*Jorge Carlos Díaz Cuervo es diputado local del Partido Socialdemócrata. (jorge.diazcuervo@gmail.com)

 

 

 

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