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‘Desde mi vientre ya tenías uso de razón’, decía su madre al creador de los Burrón |
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Gabriel Vargas, creador de la célebre historieta ‘La Familia Burrón’, quien murió el pasado 25 de mayo a los 95 años de edad, contó en un texto publicado con su autorización en ‘Libre en el Sur’, algunos recuerdos acerca de sus progenitores, particularmente del dolor que sintió, a los tres años de edad, cuando murió Víctor, su padre: un drama como de cuento.
Aunque era muy chico lo recordaba –dijo en ese fragmento de una biografía inédita del periodista Alberto Carbot— porque “siempre he sido de muy buen entendimiento. Decían que desde pequeño tenía un sentido increíble de la retención”. Así comienza su relato, que fue publicado en este periódico por cortesía de Carbot, en marzo de 2004: “Beso la mejilla de mi padre en señal de amorosa despedida, a través del vidrio del enorme ventanal de nuestra casa en Tulancingo, donde nací.
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“Los brazos de Josefina, mi madre, me aceran hasta él, y en la lluviosa penumbra mientras se aleja, diciéndonos adiós entre la fugaz intensidad de los relámpagos, apenas si alcanzo a percibir su imponente figura de recio jinete, hombre serrano, al que nada intimida ni nada detiene. Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Mi madre, muchos años más tarde en México, se encargaría de afirmar que yo tenía algo especial, ‘porque creo que desde mi vientre, donde apenas crecías, tú ya tenías uso de razón’. Y puede que sea cierto, porque yo platico todavía muchas cosas de las que ni si quiera mis hermanos se acuerdan”.
Don Gabriel rememoró cómo su abuelo Francisco, poco antes de morir en 1909, decidió que su hijo Víctor se quedara al frente de los negocios familiares, en Tulancingo, con “un ejército de mulas que salían cargadas hacia la sierra con todo tipo de utensilios y víveres. Transportaban zapatos, cobijas, útiles para el hogar, sombreros, arreos, pescados, latas y hasta vino”. El dibujante relató que su padre comúnmente regresaba enfermo de sus viajes a la sierra, que duraban varias semanas.
Postergada una y otra vez la muy necesaria cirugía de la garganta, un día se decidió a operarse en su propia casa de Tulancingo. “En un enorme cuarto al que mandó pintar todo de blanco, poco a poco se fue colocando el mobiliario quirúrgico que paulatinamente fueron enviando desde México”, rememoró Vargas. Los médicos le aseguraron que se trataba de una operación fácil, sin ningún riesgo. Por eso organizó la víspera una fiesta con todos sus amigos. Ante la algarabía de sus amigos al despedirlo antes de entrar al quirófano doméstico, alcanzó a decirles: “Ahorita regreso con ustedes, pero antes me voy a meter a la sala de la muerte”.
Así termina el relato del entrañable don Gabriel: “La puerta de madera se cerró tras él y los invitados continuaron es su parloteo. Sin embargo, apenas habían transcurrido unos pocos minutos cuando la puerta se abrió de pronto y una enfermera visiblemente angustiada acertó a gritar: ‘Se murió el señor Vargas! ¡Se acaba de morir el señor Vargas!’”.
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