
Su sobrio
exterior, modificado a lo largo de las décadas, apenas
deja entrever la antigüedad de este edificio; cambios de
cancelería, restauraciones y alteraciones a la fachada
original y en sus interiores, han motivado que esta
construcción, localizada en Adolfo Prieto, entre la
Calle de San Borja y Ángel Urraza, parezca más bien una
más de las numerosas instituciones educativas de la
zona. Pero no. Se trata de una las más antiguas
construcciones de la colonia del Valle, el casco de la
Hacienda de San Borja, que tras varias ampliaciones y
modificaciones sufridas a lo largo del siglo 20 alberga
ahora al internado para niñas Gertrudis Bocanegra de
Lazo de la Vega. Es precisamente la Hacienda de San
Borja la que definió la nomenclatura de la calle
homónima, que junto con el casco ahora convertido en
escuela, representan los únicos vestigios que recuerdan
la existencia de dicha propiedad.
La Hacienda
de San Borja era una enorme propiedad que abarcaba gran
parte de la actual delegación Benito Juárez. Sus
terrenos se extendían desde Mixcoac hasta las cercanías
de Tacubaya, llegando hasta el oriente a las
proximidades de Santa Cruz Atoyac y el territorio de la
actual colonia Narvarte. La hacienda estuvo durante su
periodo de mayor apogeo a cargo de la orden de los
jesuitas. Durante ese periodo abastecía de diversos
productos a la ciudad de México, actividad que realizó
hasta mediados del siglo 19, cuando inició la tapa de su
decadencia y su posterior fragmentación.*
La orden de
los jesuitas tenía en el Imperio Español enorme poder
económico, político e ideológico al controlar un gran
número de propiedades productivas, así como escuelas y
universidades; las primeras le daban acceso a recursos
materiales con los cuales financiaba sus proyectos,
mientras que con las segundas controlaba en gran medida
la formación de las élites novohispanas, quienes a
través de los colegios jesuitas podían acceder al
pensamiento, cultura e ideas ilustradas de la época, con
todas las implicaciones que esto tenía para la
gobernabilidad del virreinato en una época en la que el
mundo intelectual se sacudía por las avanzadas ideas de
personajes como Voltaire, Rousseau o los enciclopedistas
franceses. La Dinastía de los Borbones veía a los
jesuitas como un peligro a su hegemonía y como un
obstáculo a sus reformas modernizadoras, razón por la
cual decretó la expulsión de esta orden de sus dominios
americanos en 1767. El enojo que entre los criollos
originó este suceso, quienes de pronto se quedaron sin
maestros y hasta cierto punto aislados del conocimiento
de la época, junto con otros acontecimientos de diversa
índole a finales del siglo 18 y principios del siglo 19,
fueron el campo de cultivo donde se gestó el movimiento
de Independencia de nuestro país, movimiento del cual
celebramos este año su bicentenario.
Con la
expulsión de esta orden la Hacienda de San Borja fue
expropiada y sus bienes puestos en subasta. De esta
forma, la que anteriormente había sido una gran
propiedad comenzó a ser dividida en ranchos y haciendas
de menores dimensiones para facilitar su venta. Estos
ranchos y propiedades empezaron a ser conocidos con
nombres que tal vez nos resulten familiares: Rancho
Colorado de Nápoles, Hacienda de la Castañeda, Rancho de
los Amores, Rancho de los Pilares, entre otros, que con
el paso del tiempo fueron divididos en lotes aún
menores, con el propósito de construir fraccionamientos
dentro de sus límites, lo que dio origen a algunas de
las actuales colonias de la zona. Ese proceso se aceleró
a mediados del siglo XIX y alcanzó su punto culminante
antes del colapso del régimen porfiriano, cuando inició
el fraccionamiento de una gran cantidad de colonias,
como la Del Valle, en una coyuntura en que lo mismo se
buscaba obtener importantes beneficios económicos que
proteger a estas propiedades y a sus dueños de posibles
expropiaciones ante el inicio inminente de la Revolución
Mexicana.
La Hacienda
de San Borja representa un nexo histórico a nivel local
entre el bicentenario de la independencia y el
centenario de la Revolución Mexicana. Y el mayor símbolo
de la identidad juarense. Así somos testigos cotidianos
de las huellas y las consecuencias de decisiones tomadas
en el pasado, mismas que desencadenaron fenómenos
políticos y urbanos que moldearon esos espacios. En este
entorno vivo nosotros, sus actuales habitantes, también
formamos parte de la historia.
*Para
mayor información sobre la Hacienda de San Borja se
recomienda consultar el libro Formación y desintegración
de la hacienda de San Francisco de Borja, escrito por
María del Carmen Reyna, del que se ha tomado parte de la
información para este texto. |
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En
el 2010 oír hablar de la Independencia y de la
Revolución Mexicanas es cosa de todos los días. Los
medios de comunicación se llenan con las opiniones de
historiadores, intelectuales, políticos, y en general
del parecer de todo el mundo adulto que quiere hablar
del tema. ¿Y los niños? Pocos han pensado en la visión
que ellos puedan tener de la historia, y menos aún han
considerado importante lo que puedan aportar desde su
perspectiva.
Irónico
¿verdad?, porque por otro lado muchos adultos se
preguntan por qué los niños y jóvenes no tienen interés
por su país. ¿Será porque no se les ha acercado de
manera asertiva y amena a la historia de México y sólo
se les enseña a memorizar nombres y fechas? En el Taller
Infantil y Juvenil de Artes Plásticas Pimpleia*, desde
julio de 2008 se inició el trabajo con niños de los
cuatro años de edad hasta jóvenes de secundaria sobre
los temas de los dos grandes movimientos sociales que se
conmemoran en este 2010 – la Independencia y la
Revolución--, pero con la conciencia de que para
entender ambos acontecimientos es indispensable conocer
los hechos previos, se trabajaron también los períodos
de la Conquista y de la Colonia.
Los temas se
abordaron desde el arte que cada época de nuestra
historia ha generado, que al fin y al cabo es el reflejo
vivo de la sociedad; a partir del conocimiento que
aporta cada imagen pintada en códices, cada símbolo
labrado en piedra, cada rostro pintado en lienzo, cada
imagen capturada fotográficamente, y a través de la
reflexión que cada niño y joven elaboró al respecto, se
constituyó finalmente en ellos la certeza de que la
historia también se vive a través del arte. Así los
pimpleios viajaron por medio del conocimiento y de su
imaginación al pasado de México, y ahí se encontraron
con los elementos suficientes y adecuados para que cada
uno de ellos descubriera la forma personal de
reinterpretar la historia y transformar sus pensamientos
en obras de arte.
Coloridos
chimallis (escudos) decorados a la usanza prehispánica
del arte plumario; dramáticas escenas de la Conquista
recreadas con acuarelas al estilo del antiguo Códice
Florentino; simbólicas cruces atriales testigos en
piedra de la Conquista Espiritual elaboradas en
cartonería; retratos de niños de la época
independentista pintados en óleo al estilo de “niños
agrandados”; noticias de la época revolucionaria
ilustradas con esgrafiados que asemejan los grabados de
José Guadalupe Posada, son algunas de las obras que
usted puede ver en esta exposición que felizmente tiene
como sede el Centro Cultural del México Contemporáneo
(Leandro Valle 20, a un costado de la Plaza de Santo
Domingo, Centro Histórico). Hasta el domingo 21 de
marzo, de martes a domingo de 10 a 17:45 horas (con
excepción del sábado 20, que permanecerá cerrado). |