
Hace más de
cien años, en 1904, don Luis Pombo donó a la comunidad
el jardín de su quinta con todo y kiosco y fue esa una
suerte de fundación de lo que sería una de las colonias
de más tradición y abolengo en la actual delegación
Benito Juárez. El mismo kisco centenario sobrevive en el
centro del actual parque Pombo, que se convirtió en una
especie de zócalo del poblado original. San Pedro de los
Pinos nació así, en los terrenos que fueron de la
hacienda de San Pedro y Santa Teresa, en una zona
boscosa aledaña a las villas de Tacubaya, Mixcoac y San
Ángel, en las cercanías de la ciudad de México del
porfiriato.
Sin
embargo, su auge como barrio empezó en la década de los
años 20 del siglo pasado, justo en las postrimerías de
la Revolución Mexicana. De ese entonces datan sus
mansiones veraniegas, sus quintas y fincas de descanso
que le dieron una fisonomía y un ambiente muy peculiar,
de lo que hoy quedan pocos vestigios. Doña Alejandra
Lafuente Alarcón, nacida en San Pedro de los Pinos,
recuerda la casa de su abuela, que describe otros muchas
de esa época: “Era norme, estilo rancho; había un
corredor alrededor y todos los cuartos salían al patio”,
relata en un testimonio recogido en Historia oral de San
Pedro de los Pinos (Instituto Mora, 2003).
La colonia
tal como hoy la conocemos quedó trazada en 1920, cuando
se fundó el fraccionamiento complementario de los
terrenos de la exhacienda de San Pedro y Santa Teresa,
el que los viejos llaman “el San Pedro original”. Las
empresas Sociedad Lainé, Cortés y Compañía y la Compañía
Fraccionadota Mexicana, ambas de don Juan Lainé Roiz,
fueron las que llevaron a cabo la notificación y venta
de terrenos individuales. La amplitud de los lotes
permitía no sólo la construcción de grandes mansiones,
si no disponer de espacio dedicado a la crianza de
animales domésticos y al cultivo de flores y árboles
frutales, como peras, perones, higos, nísperos y
duraznos. “La casa de mis padres era de adobe, de una
sola planta…”, recuerda Alejandra. “Todo el jardín
estaba lleno de árboles frutales…. El techo era de dos
aguas con lámina galvanizada de la que se hacía entonces
y duraba para siempre. Era muy simpático, porque cuando
llovía o sobre todo cuando granizaba, no se podía
prácticamente hablar adentro, ya que se oía un
tamborileo bárbaro…”
La vida de
aquel San Pedro de los Pinos, que llevaba ese nombre por
la abundancia de ejemplares arbóreos de esa especie,
giraba en torno al Parque Pombo y el viejo mercado,
frente al cual los padre dominicos, que tenían una
modesta ermita junto a la garita de San Pedro, hicieron
edificar la parroquia de San Vicente Ferrer, terminada
en 1922. A cargo del proyecto estuvo el arquitecto
Arnulfo Cantú, quien entre 1958 y 1959 dirigió también
la construcción de la parte alta de la torre y de la
fachada principal. El templo, pletórico de arte sacro en
su interior, es muestra del estilo neobarroco que llegó
a México a principios del siglo XX. La impresionante
torre y la cúpula que sobresalen en el techo pintado de
color rojo pueden apreciarse desde varios kilómetros de
distancia antes de llegar a la colonia.
Hacia 1924,
el trazo de sus manzanas restantes junto con el amplio
parque Miraflores, que conformaban ya el San Pedro
nuevo, se podía apreciar en toda su magnitud. La colonia
se extendió luego hacia el oriente, hasta el río
Becerra; al Poniente hasta el viejo camino de Nonoalco a
Tacubaya, y al sur hasta el río San Antonio. Y a
mediados de los años treintas todos sus lotes se
encontraban ya ocupados y sus calles con el trazo
actual: de norte a sur, las avenidas --Uno, Dos, Tres—y
de oriente a poniente sus calles. La avenida Cuatro se
convertiría finalmente en la actual avenida Patriotismo,
pero en aquellos años era un hermoso y ancho paseo
poblado de sauces y oyameles a ambos lados. Y de la
actual avenida Revolución nada había salvo el alto
terraplén por el que circulaban los tranvías que venían
de Tacubaya y llegaban hasta Mixcoac y San Ángel.
Por ese
entonces comenzó a desarrollarse también la zona fabril
de San Pedro de los Pinos, al poniente de lo que es hoy
el Anillo Periférico, con la instalación de varias
fábricas entre las que destacaba la cementera La
Tolteca, cuya chimenea principal aun se conserva como
singular monumento. Eran terrenos secos ubicados en un
lomerío, al que los niños y jóvenes sanpedreños gustaban
incursionar en inolvidables excursiones. Junto a La
Tolteca estaba la estación San Pedro de los Pinos del
ferrocarril México-Cuernavaca, edificación que aun se
conserva y que hoy ocupa parcialmente un restaurante,
“La Estación”.
A finales de
los años cincuentas la colonia empezó a ser brutalmente
cercenada por la modernidad citadina. Se abrieron la
avenida Revolución, que la partió en dos, y la avenida
Patriotismo, que le arrebató uno de sus rincones más
placenteros. Ambas arterias se transformarían después en
vías rápidas y hoy forman parte del Circuito
Bicentenario. Posteriormente, se construyeron el Anillo
Periférico y el Viaducto Río Becerra. Luego se abrieron
los Ejes viales de San Antonio y Holbein y, a finales
del año 2003 se concluyeron las obras del distribuidor
vial de San Antonio. Y los esbeltos pinos que le dieron
fama prácticamente han desaparecido. No obstante, San
Pedro de los Pinos y sus habitantes resisten las
agresiones del desarrollo urbano, tal vez inevitable, y
se mantienen aferrados a su historia y a sus recuerdos.
Como aquellas tardes infantiles en el Parque Pombo –en
el que hoy para colmo se perfora un pozo hidráulico—,
donde los chamacos jugaban al futbol en torno al
vetusto, emblemático kiosco techado con lámina
galvanizada pintada de verde. |